viernes, 14 de octubre de 2011

MIGUEL GRAU: EN DEFENSA DE LA CONSTITUCIÓN

Por Pedro Planas Silva. "Democracia y Tradición Constitucional en el Perú. Materiales para una historia del Derecho Constitucional en el Perú". Editorial San Marcos. Lima, 1998. Pp. 428-431

Nota Introductoria

Aquí se presentan dos documentos de enorme magnitud democrática e histórica, pero escasamente conocidos y divulgados, pese a que deberían considerarse como textos de reflexión obligada en colegios y hasta en las escuelas de los institutos armados en el Perú. Se trata de la firme posición que adoptó la Marina en defensa del orden constitucional y en repulsa al golpe -inicialmente victorioso- de los coroneles Gutiérrez, perpetrado el 22 de julio de 1872. El primer texto, si bien es un pronunciamiento colectivo de los Jefes y Oficiales de la Marina, tiene a Miguel Grau entre los primeros firmantes, lo que permite suponer que estuvo entre los gestores del pronunciamiento. El segundo texto podría titularse "No reconozco otro caudillo que la Constitución" y es obra exclusiva de Miguel Grau, redactado para remitirlo desde el Huáscar a las autoridades y ciudadanos de todo el Sur del Perú, invitándolos a defender el orden constitucional y plegarse contra la actitud de los golpistas. Tampoco debe olvidarse que Miguel Grau, el más importante de nuestros héroes navales, fue miembro del Partido Civil y, como tal, fue elegido diputado por Paita en las legislaturas de 1876, 1877 y 1878, etapa inmediatamente anterior al Combate de Angamos. También en esos meses previos a la Guerra con Chile, Grau debió haberse indignado por el inexplicable y alevoso asesinato de Manuel Pardo, jefe del Partido Civil al cual él pertenecía, por obra del sargento Montoya y en la propia puerta del Senado, cuya presidencia Pardo ejercía en la legislatura de 1878. (Ambos documentos, junto con el diario del "Huáscar" y las acciones simultáneas seguidas por la fragata "Independencia" y los vapores "Chalaco", "Marañón" y "Sofía", así como la lista de oficiales, profesores y alumnos de la Escuela Naval que prestaron servicios en la "Escuadra defensora de la Constitución", han sido reproducidos en: "El Peruano". Boletín oficial; Lima, miércoles 14 de agosto de 1872; pp. 93-106.

Pronunciamiento de la Marina contra el Golpe de los Hermanos Gutiérrez

El inaudito abuso de fuerza con que el día de ayer ha sido escandalizada la Capital de la República, debía encontrar, como en efecto ha sucedido, el rechazo más completo de parte de los jefes y oficiales de la Armada que suscriben, quienes ajenos a toda liga personal, no reconocen otra regla de conducta que la emanada o dirigida al fiel cumplimiento de las instituciones patrias.

<< El criminal proceder del Coronel Tomas Gutiérrez, es pues, la ruina del régimen constitucional y, como consecuencia precisa, el desquiciamiento social más completo. Para restablecerlo cábenos la fortuna de ser los primeros en ofrecer nuestro patriótico contingente y poner al servicio de la Nación los elementos de que hoy disponemos. En nuestro camino nos asiste la más firme persuasión de encontrar a todos los buenos ciudadanos y que unidos para combatir la anarquía podamos devolver a los legítimos representantes de la voluntad nacional, la independencia que requiere el ejercicio de sus augustas funciones.

El ancla, Callao, Julio 23 de 1872

Miguel Grau, Aurelio García y García, Samuel Palacio, Camilo N. Carrillo, Carlos Ferreyros, Miguel Ríos, Manuel M. Carbajal, Simón Cáceres, Carlos Arrieta, F.M.Frías, Amaro G. Tizón, Ruperto Gutiérrez, Ramón Freyre, M. Espinosa, Darío Gutiérrez, Enrique Carreño, Pedro Rodríguez Salazar, Eugenio Raygada, Serapio Tejerina, Arístides de la Haza, Antonio Jimeno, Andrés Rey, Manuel Dávila, Bernabé Carrasco, Miguel Damonte, A. Gerardo Carrillo, Carlos R. Colmenares, Manuel C. de la Haza, Agustín Arrieta, Froilán Miranda, José C. Valencia, Federico Delgado, Francisco León, José M. Rodríguez, Manuel Valderrama, Máximo Tafur, Tomás M. Cárdenas, Manuel Aparicio, Julio Jiménez, Ezequiel Fernandini, Francisco Guerci, Francisco Flores Manuel T. Reyes, Francisco Medina, Julio Sagasti.

Manifiesto de Miguel Grau en defensa de la Constitución[1]

<< Comandancia del Monitor Huáscar. Julio 26 de 1872[2]

<< El 22 del presente a las 2:00 p.m. se introdujo en el Palacio de Gobierno el Coronel Silvestre Gutiérrez quien, habiendo tomado de antemano todas las precauciones para no encontrar resistencia, a la cabeza de dos compañías del Batallón Pichincha, que mandaba, aprisionó a S.E. el Coronel don José Balta y después de haber personalmente arrojado de sus puestos a todos los empleados de los Ministerios y demás oficinas del Estado, se dirigió a la Plaza de Armas, en donde se encontraba el resto de su batallón con el Zepita mandado por su hermano don Marceliano Gutiérrez y declaró, a nombre del Ejército, destituido del mando Supremo al Presidente Constitucional de la República Coronel Don José Balta y proclamó General del Ejército y Jefe Supremo de la Nación a su hermano el Coronel Tomás Gutiérrez. Enseguida disolvió con fuerza armada las Juntas preparatorias de ambas Cámaras del Cuerpo Legislativo.

<< El Coronel don Tomás Gutiérrez, para poder consumar impunemente este criminal atentado, abusando del puesto que le había confiado como Ministro de Guerra su excelencia el coronel Balta, inutilizó de antemano todas las fuerzas que no eran de su confianza, separando del mando de algunos Cuerpos a los Jefes y Oficiales que, con su honradez y antecedentes, eran incapaces de prestarse a secundar una acción tan criminal, reemplazándolos con otros adecuados al logro de sus aspiraciones. V.S. comprenderá que, estando el Ejército puramente en manos de los cuatro Coroneles Gutiérrez otros Jefes improvisados y sin prestigio, les fue fácil llevar a cabo, sin oposición alguna, tan incalificable crimen, haciendo así uso de la fuera, para pisotear impunemente las leyes y atacar de un solo golpe todos los poderes de la República. Las Cámaras del Cuerpo Legislativo, viéndose amenazadas, se reunieron en Congreso pleno y antes de ser disueltas por la fuerza bruta, tuvieron tiempo para condenar y declarar fuera de la ley a los instigadores, autores y cómplices de este atentado, haciéndolos responsables ante la Nación y llamar a los pueblos a la parte del Ejército que permanece fiel al orden público y a las instituciones, para hacer entrar en el camino del orden a los que lo perturbaban[3]

<< Al ver así las leyes ensartadas en la bayoneta del soldado al ver atropellados todos los poderes de la República; al ver amenazados los más sagrados derechos del ciudadano y al ver, en fin, envilecido y escarnecido lo más sagrado entre los pueblos cultos y herida de muerte a la Patria, la Marina Nacional, que siempre ha dado muchas pruebas de patriotismo y abnegación por el orden y sostenimiento de las instituciones, no ha trepidado en ponerse a la altura que por sus antecedentes le corresponde, ha rechazado indignada la invitación que se le hizo para secundar la consumación de tan horrendo atentado; y, enarbolando el estandarte de la ley, ha protestado en masa de tan inauditos y escandalosos crímenes, no reconociendo otro caudillo que la Constitución y recorre hoy el litoral de la República, con los poderosos elementos con que cuenta, para cooperar en unión de los pueblos al restablecimiento del orden constitucional. Nadie en la Capital ni en el Callao ha secundado el movimiento de cuartel de lo Gutiérrez y, hasta el 24, por noticias recibídas en las islas de Chincha, por telégrafo, se sabía que aún no habían podido organizar su gobierno, porque no encontraban quien se prestase a servir en ninguna dependencia. El Poder Judicial y el comercio se encuentran paralizados; así, pues, están completamente aislados y amenazados constantemente por el pueblo en el que no encuentran apoyo.

<< Al dar a V.S. cuenta de estos acontecimientos abrigo la firme convicción de que V.S., cuyos honrosos antecedentes y amor patrio lo hicieron acreedor al puesto que ocupa, se apresurará a ser uno de los primeros que corra al llamamiento que hacen unánimemente los Representantes de la Nación, para salvar a la República del abismo en que le ha colocado la ambición de cuatro soldados sin prestigio, que han osado poner su planta sobre la frente de nuestra desgraciada Patria, para humillarla y sacrificarla al logro de sus innobles y temerarias pretensiones. A cuyo efecto la Escuadra Nacional invita a todos los pueblos de la República que la ayuden a llevar a cabo tan sagrado deber. Adjuntos encontrará V.S. la declaración del Cuerpo Legislativo firmada por todos los Representantes y copia del Acta-protesta de los Jefes y Oficiales de la Escuadra, para que V.S. dándoles publicidad haga conocer estos documentos por los pueblos de su mando.

Dios guarde a Ud.

Miguel Grau

[1] Para derrocar la dictadura de Tomás Gutiérrez, Grau movilizó el “Huascar” por todo el litoral del Sur, remitiendo por telégrafo esta circular a todas las autoridades, difundiendo el pronunciamiento del Congreso y conminándolas al respeto a la Constitución y la condena a los golpistas. Recibieron esta circular los prefectos de Arequipa, Cuzco, Puno, Moquegua y Tarapacá, los subprefectos de Arica e Islay, los vocales de las Cortes Superiores de Arequipa, Puno y Moquegua y los Alcaldes de Arequipa, Tacna y Tarapacá.

[2] Se trata de un texto consecutivo, sin puntos aparte. Para facilitar la lectura, lo hemos dividido en tres párrafos.

[3] Efectivamente, como se relata con detenimiento en el texto “Reelección y auto elección en el Perú republicano”, el 23 de julio de 1872, antes de ser disuelto, el congreso emitió un Manifiesto donde denunció que se había “perturbado el régimen constitucional” y que “semejante ultraje a la ley, a la soberanía y a los fueros de la Representación nacional, en momentos tan solemnes, importa la consumación del delito de lesa patria”. Y agregaba: “… sin hacerse cómplice de tan grave atentado, no puede el Congreso, en Juntas Preparatorias, permanecer en silencio porque traicionaría los altos deberes que tiene para con la Nación”; y considerando que “debe pasar a la posteridad un documento que reflejando lealmente el sentimiento público haga execrable la memoria de los autores de tan abominable delito”, declaró su condena a la actitud tomada “por una parte de la Fuerza Armada”, considero “responsable ante la nación a sus autores, instigadores y cómplices, considerándolos fuera de la ley” y finalmente convocó “al pueblo ya a la parte del Ejército que permanece fiel al orden público y a las instituciones para llamar al camino del deber a los que lo perturban”.

Acta de la sesión Congreso del 22 de julio de 1872, en: “El Peruano”. Boletín Oficial; Lima, martes 6 de agosto de 1872; p.61

domingo, 2 de octubre de 2011

CARTA 42

Lima, julio 5 de 1889

Excmo. señor don Nicolás de Piérola.

Mi respetado amigo:

Habría querido tener la complacencia de poner personalmente en manos de usted el pliego oficial de la Academia de la Histo­ria, pliego que le acompaño; pero es casi imposible conseguir ha­blar con usted, amén que no me resigno a soportar, como me suce­dió el lunes, la desatención del edecán de servicio. Yo no fui siquiera con el propósito de hablar con usted sobre la biblioteca, asunto que tengo para mí ha llegado a serle más cócora que una andanada de sonetos de don Numa Pompilio1, sino a darle rápi­da explicación sobre algo de carácter literario que usted había re­suelto aplazar. Ya que había usted patrocinado una publicación literaria, era preciso que en ella se invirtieran trescientos o cuatro­cientos soles más a fin de que resultase un libro digno de usted y digno de mí. Iba también resuelto a no pretender para mí la me­nor gratificación pues el fósforo cerebral que he gastado en el estudio de la obra no vale la pena. Un concejal sostuvo ha pocas no­ches en la municipalidad que los literatos no necesitan de pan, y que les basta con cosechar laureles. Desgraciadamente, con laurel no se condimenta una ensalada en mis modestos manteles. Queda pues, retirada mi pretensión a toda recompensa pecuniaria; y muy mucho me he alegrado de que haya usted atendido la explicación que hice al doctor Loayza, accediendo a mi propósito de aumentar en veinte o veinticinco pliegos la impresión.

Permítame usted darle ahora explicaciones sobre su nombramien­to académico.

Aunque los correspondientes de la Academia de la Historia en el Perú éramos solo don Pedro A. del Solar, Larraburre y yo, la academia se ha dirigido siempre a mí por ser el más antiguo, pues mi elección data desde hace quince años.

Cuando se trató de que el Perú auxiliara a la familia de Ji­ménez de la Espada, varios de mis amigos me consultaron si acepta­ría usted el nombramiento de correspondiente. Yo no quise, pues me parecía poco delicado, escribir a usted (ya que no es posible ver­lo) hablándole del asunto, y contesté sin vacilar que a usted no podría amargarle un dulce, lo que daba tanto como garantizar yo la aceptación.

Después de la plancha que hizo la academia española hace treinta años, cuando nombró al argentino don Juan María Gutié­rrez, quien saltó con la enflautada de devolver el diploma, se resol­vió no elegir correspondiente alguno sin que hubiera académico que garantizase la propuesta.

Tengo fe en que usted no ha de cometer pecado de descor­tesía, poniéndome en mal predicamento, como garantizador, y de­searía que me remitiese antes del día 14, en que zarpa vapor de (la armada), su oficio de aceptación, salvo que prefiera enviarlo por intermedio de la legación.

Acompaño también a usted (para que me la devuelva jun­to con el retrato de Rodolfo Reguín, que le envié hace dos me­ses) la carta de don Cesáreo Fernández Duro. Este académico es un capitán de navío muy respetado en España, por su talento e ilustración. Ha escrito libros muy notables.

Y con esto mi nuevo compañero, pongo fin enviándole mi sin­cero abrazo académico.

Muy de usted.

RICARDO PALMA

Mi enhorabuena, por haber libertado de un pésimo cónsul a los peruanos que residen en La Habana.



1 Don Numa Pompilio Llona, poeta ecuatoriano que residió muchos años en Lima y que estaba casado con una limeña.

CARTA 43

Miraflores, 25 de junio de 1913

Señor doctor Joaquín Capelo,

Presidente del Centro Demócrata.

Mi viejo y querido amigo:

Sírvase expresar al comité directivo del partido Demócrata, la íntima tristeza que embarga mi espíritu por la muerte del genial es­tadista y amigo, personal y político mío, durante casi cincuenta años1. Muy pocos de los que hace medio siglo admiramos los albores de la genialidad de don Nicolás de Piérola, quedamos en pie. La au­sencia eterna de quien fue la cumbre de una generación nos acongo­ja hondamente a los que, en el llano, contemplamos su excelsitud.

Hubiera querido ir a Lima para recibir el abrazo de despedida del noble camarada y viejo amigo, y decirle –Adios, ¡no! Hasta pron­to;– pero el quebranto de mi salud me priva de fuerzas para llevar el cuerpo adonde el afecto del espíritu quisiera conducirlo. La im­posibilidad física me ha obligado a acompañar con el alma enterne­cida el doloroso final de una vida tan egregia. En la penumbra de mis añoranzas melancólicas, he contemplado desde la ventana de mi retiro la puesta del sol.

Quiera usted expresar, amigo mío, a la venerable viuda, a don Carlos de Piérola y a los hijos del gran hombre que acaba de entrar en la vida de la apoteosis y de la inmortalidad, mis íntimos sentimientos de dolor, y rogarles que acepten la excusa de mi ancianidad achacosa.

Siempre muy de usted.

RICARDO PALMA




1 Carta escrita a la muerte de Piérola, ocurrida en Lima el 13 de junio 1913. La publicó La Prensa en Lima, el 27 de junio de 1913. (N. E.).

CARTA 41

Lima, febrero 16 de 1899.

Excmo. señor don Nicolás de Piérola.

Mi respetado amigo:

El marqués de la Vega de Armijo, que ha remplazado al señor Cánovas en la presidencia de la academia, me escribe encargándo­me me interese en favor de la familia de Jiménez de la Espada.

Como ni usted ni yo necesitamos, para leer, que indefectible­mente nos pongan los puntos sobre las íes, ya sabrá usted como salir decorosamente del lance.

Yo creo que el Perú con haber obsequiado una medalla de oro al señor Jiménez de la Espada, cuyo cerebro se ocupó activamente en servicio de nuestro país, hizo poquita cosa, sobre todo después de que México había sido espléndido para con don Justo Zaragoza que se ocupó en resucitar crónicas mexicanas.

Llamo la atención de usted sobre la página 25 del primer folie­n en que está la relación de los trabajos de Jiménez de la Espada. En ella me he permitido marcar las publicaciones de don Marcos que al Perú se refieren, y que están en la biblioteca de Lima. Los cuatro tomos, sobre todo, de Relaciones geográficas, son obra de consulta que todos hojeamos.

Por si en algo estimase usted mi opinión, le diré que creo que, como jefe de la nación, quedaría usted y por consiguiente el país, dignamente ante la Academia de la Historia, remitiendo al director de esta tres mil pesetas (que son mil soles) acompañándolas con un decretito de Relaciones Exteriores que fue el que, en 1892, con­cedió la medalla de oro. Así probaremos que no somos ingratos para con la memoria del hombre que empleó su talento en servicio nuestro.

Dudo que haya hoy, en España, literato que remplace a don Marcos en sus aficiones por nuestra historia. Mucho de útil y de bueno nos ha dejado en sus libros mi difunto amigo.

Y cumplido concienzudamente por mí el encargo del buen mar­qués de la Vega de Armijo, no quiero terminar esta cartita sin de­cirle que me ha dado usted un gustazo con la lectura de su últi­mo discurso en Santa Sofía. ¿Con que ya lo contaré a usted entre los revolucionarios del idioma? Y no me diga usted que no, porque en su discurso, ha empleado usted el verbo silenciar tan anatema­tizado por la Academia Española y tan patrocinado por los re­voltosos montoneros como este su amigo afectísimo que le besa la mano.

RICARDO PALMA

CARTA 40

Lima, enero 18 de 1899.

Excmo. señor don Nicolás de Piérola.

Mi respetado y viejo amigo.

Empiece usted por hacer provisión de benevolencia para leer esta mi quejumbrosa epístola. He ido a palacio a solicitar de usted un cuarto de hora de amistosa charla, y fatalmente se hallaba muy ocupado. Por eso le escribo.

Hablar sobre biblioteca con mi amigo el doctor Aranda es per­der tiempo. Este caballero vive siempre corriendo. Es el personaje de Shakespeare, cuya actividad de espíritu se reducía ¡words! ¡words! ¡words! Aplaudo a Capelo, el director de fomento, que no anda al galope, lleno de obra y sin oficiales, y que en vez de palabras traduce su terquedad y perseverancia de aragonés, más que perua­no, en ¡words! ¡words! ¡words!

Y no tome usted esto a chistecillo, porque estoy cansado de re­petírselo, en tranquila conversación, al mismo doctor Aranda.

Y previo este exordio pasemos, mi bondadoso amigo, señor de Piérola, a mis capítulos de queja.

CAPITULO PRIMERO

Si en vez de ser presidente de la república hubiera usted sido durante quince años director de la biblioteca, estoy seguro, por el conocimiento que tengo de su carácter en treinta años de amistad, que habría sido tan incansable, como yo lo soy, en fastidiar a los gobiernos pidiéndoles edificio. No necesito ya libros sino estantes para colocar los que poseemos. No son centenares de miles los que hay que invertir para que el Perú tenga una biblioteca decente. Tal vez no excedan de treinta mil soles, que no son el turbante del moro Muza, los que habrán de invertirse en este templo de la cien­cia y del saber humanos.

Que los hombres de sable, que no tienen porqué saber lo que un libro significa, hayan desatendido a la biblioteca, es lógico. Pero usted un hombre de letras, que sabe manejar y utilizar los libros, un hombre que ha viajado y conoce lo que es o debe ser ¡¡¡una biblioteca!!! Con un poco de voluntad y de entusiasmo, le bastarán a usted los siete meses y medio de gobierno para realizar la obra. I la dado usted al país una casa de correos, que es la más meri­toria ante la posteridad de las obras públicas por usted realizadas. Por qué rechaza usted la gloria de darle también biblioteca? ¿Qué motivos de resentimiento he podido dar a usted para que no me cumpla la promesa que me hizo, hace tres años, de que no termi­naría su administración sin que mis aspiraciones e ideales bibliote­carios fueran una realidad? ¿Estaré condenado por usted a morir, sin haber visto antes que nuestra biblioteca es, siquiera en lo osten­sible, digna de un pueblo culto?

Como los judíos esperan al Mesías, así he esperado yo duran­te quince años, que viniese al mando supremo un hombre de las condiciones intelectuales que en usted respeto. ¿Habré gastado es­terilmente mi fósforo cerebral en quince años, y adquirido la neurastenia que ya me abruma, para cosechar un gran fiasco?

Yo he creído en usted, señor don Nicolás, como los apóstoles creyeron en el Maestro. ¡Por Dios! En las postrimerías de mi exis­tencia no me haga usted negarlo como Pedro a Jesús.

Hablo a usted con esta llaneza, porque no politiqueo. No me insta, en nada, ser hombre del montón. Me consagré a las le­tras, y no estoy descontento de la cosecha. En el saldo de cuentas un mi siglo no habré pasado, como las aves por el espacio, sin dejar huella por ligera que esta sea.

Hoy por hoy el colmo de mi ambición sería dejar unido al de usted, mi nombre en la biblioteca que tuve la singular fortuna lo reorganizar, y no escribo crear porque no me califique de inmo­desto y pretencioso.

CAPITULO SEGUNDO

Pedí a usted, hace seis meses, que me hiciera abonar un pequeño crédito contra el tesoro, pues necesitaba ese dinero para aten­der a los gastos de impresión de tres libros. Tuvo usted la ama­bilidad de contestarme que no le era posible, por causas que me ex­puso, decretar ese pago; pero que, para la publicación de mis libros, contara con el auxilio pecuniario que me fuese preciso. Recordará usted que le repuse que repugnaba a mi altivez mendigar co­mo literato, subvención de los gobiernos, que para todos mis libros había encontrado editores en el extranjero, y que si, en esta vez, había pensado hacer en Lima la edición de esos tomos era por ra­zones especiales que le manifesté. Tanto usted como el doctor Loayza, que estaba presente, vencieron mi susceptibilidad con frases de estimación por mi persona y mis producciones.

La impresión de uno de los libros terminará en breves días más. Ha cerca de dos meses que he presentado solicitud al minis­terio pidiendo el cumplimiento de la oferta generosa de usted. Al no despacharse hasta ahora mi solicitud, casi se me coloca en la condición del mendigo que demanda una limosna, y esto era, precisamente, lo que yo rehuía.

CAPITULO TERCERO

En la visita que, en abril, hizo usted a la biblioteca (y que no se ha repetido) le mostré, y aún hojeó usted algo, un precioso manuscrito sobre literatura nacional. Hablé a usted de ese ma­nuscrito con entusiasmo, y le dije que si el gobierno se comprome­tía a publicarlo, yo tenía voluntad para consagrar mis días festivos a comentarlo y escribir algunas páginas sobre historia literaria del Perú, a guisa de prólogo. Tanto usted, como después el doctor Loayza, me alentaron a emprender el trabajo, garantizándome que se haría la publicación por cuenta del estado.

Ha casi dos meses que pasé oficio al ministerio expresando que el trabajo estaba ya listo para la prensa. Nada pedía para mí, y hasta me excusaba de entender en contrato con la imprenta. Reclamaba solo una pequeña gratificación para el amanuense que hizo la copia.

Calculo que la impresión, con escrupulosa corrección de prue­bas, pues se trata de versos, reclama por lo menos seis meses.

Y sin embargo... mi oficio sigue entre carpetas. No espera­ba que a mi entusiasta iniciativa se contestase con glacial indiferencia.

Y pongo punto a mis quejumbres, señor don Nicolás, no sin vol­ver a reclamar su indulgencia para con este su viejo estimador y amigo que le besa la mano.

RICARDO PALMA

CARTA 39

Años más tarde El Imparcial de Lima volvió a insistir sobre la coronación de Palma. Este respondió: “Mujer, no me quieras tanto o quiéreme con talento”. Bretón de los Herreros.

Por Dios, señores de El Imparcial ¿Qué daño he inferido a ustedes para que con su idea inconveniente de coronación me expon­gan a cosechar desazones y sobre todo ridículo? ¡Bonita está la Mag­dalena para tafetanes! Buenos están los tiempos para coronaciones de parroquia.

Yo blasono de no ser modesto, pues en uno de mis libros he estampado que la modestia es el tartufismo de la vanidad. Pero mi inmodestia no llega hasta el punto de agradecer a ustedes que hayan puesto mi nombre en la picota con su apasionada iniciativa. El afecto que me dispensan los ha extraviado.

Yo combatí la coronación de mi queridísimo amigo y compañe­ro Luis Cisneros, iniciada por José Santos Chocano y Juan Francis­co Pazos, porque no deseaba para tan meritorio e ilustre poeta una coronación de campanario sino nacional, esto es iniciada por todas o la mayoría de las municipalidades de la república. Así fueron en España las coronaciones de Quintana y de Zorrilla. Eso sí revestía seriedad.

¿Y yo que me opuse a la de mi inolvidable Luis habría de con­tradecirme ahora porque se trataba de mí ya valetudinaria persona? No mojen, que no hay quien planche, amigos míos.

¡Buenos estan los tiempos de pobreza franciscana que vivimos y de barullópolis política en la que apenas si hombre con hombre pa­ra que las municipalidades perdieran tiempo en cosas frívolamente halagadoras de la vanidad individual!

No, amigos míos. Déjense ustedes de candideces como gráfica­mente dicen los criollos de mi tierra. Risible es, que en país to­davía de analfabetos, nos pirremos por imitar a naciones más cultas y avanzadas.

Como mi tirano, doctor Velásquez, no me consiente emborro­nar papel, dejé pasar sin varapalo aquello de los juegos florales que tanto tuvieron de florales como yo de fraile camandulense. Bonitas frases encontró en su fantasía Morales de la Torre, el man­enedor, pero que nos venían tan a pelo en Lima como una bombar­da en un altar mayor. Mi compañero don Eugenio1 que es gallo con espolones recios, apenas si batió el ala sin revelar más que con­descendencia y no fervor por los tales jueguitos. Menos malo, mes siquiera sirvieron de pretexto para enaltecer y alentar a un notabilísimo poeta como el joven José Gálvez en quien admiro y aplaudo altísimas dotes literarias.

Uno de los inteligentes y simpáticos jóvenes de El Imparcial me pidió una copia fotográfica de mi estampa. Creyendo que se trata­ba solo de reproducirla con las de los otros dos caballeros desig­nados para el comité que ha de encargarse de honrar los restos del sabio Barranca, lo autoricé para que pidiera una tarjeta a mis hijas, lo que ciertamente no habría autorizado a sospechar que aparecería encabezando el editorial coronativo.

Yo soy viejo que ama mucho a la juventud intelectual, que se siente complacido y hasta orgulloso con las reiteradas manifestacio­nes de cordial afecto que esta le prodiga. Pero les ruego que, más que con el corazón me quieran con la cabeza.

Mi amigo el general La Puerta, hablando de su retraimiento, decía: “quiero ver cuántos años vive un general bien cuidado”. A mi vez yo digo: quiero ver sobre los 26 años que llevo en el sillón de bibliotecario, cuántos meses o años más consigo vivir sin contrariedades, pues la serían y grandes para mí el que ustedes persistieran en su inconveniente propósito. Lo estimo en mucho pero no lo acepto. Muy de ustedes atento servidor.

RICARDO PALMA




1 Don Eugenio Larrabure y Unanue.

CARTA 38

Lima, noviembre 7 de 1896

Señor don Francisco Mostajo Arequipa

Mi bondadoso y querido amigo.

No, mil veces, no. Yo no estoy (y sea esto dicho sin falsa mo­destia) a la altura de la honra que la benevolencia de usted desea que se me dispense. El cariño que me tiene lo ha ofuscado.

Ovación de tamaña magnitud solo se acuerda a literatos cuyo mérito no está ya en tela de juicio. Mi mérito, si alguno tengo, se discute todavía, sobretodo en el Perú.

Quiero seguir tranquilo en mi apartamiento de todo lo que sig­nifique ruido y oropel y bambolla, sin despertar envidias ni mur­muraciones.

Cierto que mi labor ha sido lenta pero perseverante y fecunda: labor de hormiga y nada más. No vivo orgulloso ni engreído con la pequeña o grande popularidad que, en América, me hayan conquistado las Tradiciones que, a granel, brotaron de mi pluma en los días ya remotos en que soñaba con el renombre literario. He borroneado resmas de papel con más o menos éxito y eso no me­rece, según mi conciencia, la distinción especialísima que usted pro­pone, hipnotizado por el afecto personal que le inspiro.

Yo soy un hombre desencantado, mi señor don Francisco y desen­cantado desde hace pocos días. Alimentaba la ilusión de que, por lo menos, la gratitud nacional acompañaba al hombre que sin gra­vamen para el empobrecido tesoro del Perú ha formado una biblio­teca valorizada en medio millón de pesos. Consulte usted el Dia­rio de debates de la cámara de diputados, en sus últimas sesiones y dígame después si puede aspirar a la menor ovación el hombre tan desdeñosamente tratado por una rama del poder legislativo de su patria.

No, mi querido amigo. Retire usted sus propósitos, para mí al­tamente honoríficos. No he querido que se me coloque en la picota ni cosechar dicterios de envidiosos o de imbéciles. Déjeme usted quieto y sin aspiraciones servir al país en mi humildísima posición de bibliotecario.

Tuve un día entre mis manos la corona con que en Granada ciñó el pueblo español la frente del inmortal Zorrilla y al besar seis hojas con entusiasmo me dijo el poeta: “Cuidado don Ri­cardo no vaya usted a herirse con las espinas que no son pocas las escondidas entre esos efímeros laureles”. Y asustado, volví la corona a su sitio.

Déjeme usted pues en posesión pacífica de mi miedo a las es­pinas y... al ridículo. Agradeciéndole lo honrado y cariñoso de su iniciativa queda de usted apreciador y amigo afectísimo1

RICARDO PALMA


1 Homenaje que por iniciativa de El Torneo, revista que se publicaba en Arequipa, se pretendió tributar a Palma.

CARTA 37

Lima, abril 30 de 1898.

Excmo. señor don Nicolás de Piérola.

Mi respetado amigo:

Dije a usted ayer que la formación de biblioteca nacional era una tela de Penélope: Yo tejo y los gobiernos destejen, que no otra cosa es la prodigalidad de órdenes ministeriales para que propor­cione a instituciones y personas libros del establecimiento.

Una vez salidos estos, es para mí arco de iglesia conseguir la devolución. No son pocos los libros importantes que hemos perdi­do, y para no cansar a usted con el relato, básteme decirle que el coronel alemán Pauli se llevó al irse a Europa, más de veinte vo­lúmenes de obras militares, y dejó truncada una preciosa revista, de la cual se llevó dos tomos. Los he encargado a nuestro librero de Europa, y no desespero de que los consiga, aunque, tengamos que pagarlos carita. Mi anhelo es que la obra no quede truncada.

Yo no atino a explicarme la manera de trabajar en los hom­bres de letras de la nueva generación, que necesitan despojar de un cardumen de libros a la biblioteca. Para escribir los muchos li­brejos sobre historia nacional que he dado a luz, me bastó siem­pre hojear u ojear un libro, tomar las notas pertinentes, y lue­go devolverlo.

No me explico que, a la vez, consulte uno cien volúmenes.

Acompaño la relación que usted me pidió de los libros que es­tán en poder del señor Ulloa. Si se ha propuesto leerlos, ya tiene tarea para algunos años, pues la mayor parte son de a folio y con grueso número de páginas.

La Sociedad Geográfica por otra parte, es desbalijadora de li­bros, y me cuesta Dios y ayuda la devolución. Felizmente puedo majaderear para que vuelvan a los anaqueles, porque estamos a pocos metros de distancia.

Mucho me holgaría de que se diera un decreto que ponga coto al desbarajuste. Quien quiera consultar libros que venga a la biblio­teca. Lo esencial es que el libro no salga del establecimiento, y vaya a correr cortes. A lo sumo, en casos especialísimos, podría consentirse el préstamo de un solo volumen, y por determinado número de días.

Usted me ha dado múltiples pruebas de que se interesa por que la biblioteca de Lima suba y no descienda del cuarto lugar que hoy ocupa entre las bibliotecas de la América Latina (primer lu­gar la de Río Janeiro; segundo lugar, la de México; tercero la de Santiago; cuarto la de Lima) pues gracias a usted, que autorizó en los dos últimos años el gasto en libros para aumentar nuestro caudal de obras, hemos dejado muy atrás a las bibliotecas de Buenos Aires y de Bogotá que nos disputaban el cuarto lugar. La buena voluntad de usted y de mi perseverancia (ya que no se me abonen otras cualidades) serán estériles, si de raíz no se corta ese abuso que yo he bautizado con el nombre de filoxera bibliotecaria.

Perdone usted lo largo de esta jeremiada a su atento apreciador viejo amigo que le besa la mano.

RICARDO PALMA

CARTA 36

Lima, agosto 9 de 1897.

Excmo. señor don Nicolás de Piérola.

Mi respetado amigo:

Flojeando hoy una de la obras recientemente llegadas de España, he encontrado un juicio político sobre usted emitido por una eminencia como el señor Romero Girón, ministro de Estado en la época de don Alfonso XII. Como creo que tendrá usted gusto en co­nocer ese juicio se lo trascribo.

Hablando de la instalación del consejo gubernativo, dice el se­ñor Girón: “A fin de que nuestros lectores puedan apreciar los rele­vantes méritos que por su concisión, sencillez y naturalidad contiene el Mensaje, lo insertamos a continuación, como verdadero mode­lo de lealtad y franqueza republicanas”.

Yo sé cuánto satisface y cuánto refresca el espíritu el aplauso que viene de un desconocido, sobre todo cuando ese desconocido es como el señor Romero Girón un anciano reputado por el primer jurisconsulto de España.

Conocí al señor Romero Girón de vista. Era presidente del se­nado en 1892.

Si usted desea hojear la obra, dígnese pedírmela o autorizarme para encargarle a mi librero de Madrid un tomo V que es en el que el autor se ocupa del Perú en 1896.

Saluda a usted atentamente su viejo amigo.

RICARDO PALMA


CARTA 35

Lima, noviembre 18 de 1896.

Excmo. señor don Nicolás de Piérola.

Mi distinguido amigo:

Gracias a la protección bibliográfica que, en este año, ha dispen­sado usted al establecimiento de mi cargo, creo que en mi Memoria de julio venidero podré estampar que poseemos ya los 35,000 volú­menes que, antes del malón chileno, tuvo la biblioteca de Lima, en sus tres salones. No cuento, por supuesto los 16,000 volúmenes de truncos y duplicados que hubo en los cuartos de depósito.

Pero si el director de la biblioteca está muy contento y agra­decido al jefe de la nación, no le pasa lo mismo a Ricardo Palma con don Nicolás de Piérola. Necesito que regale usted como parti­cular, una obra en cuya primera página se lea un autógrafo de us­ted haciendo el donativo a la biblioteca.

La obra que le codeo es valiosa, y la tiene usted muy a la mano. Es obra exclusivamente de consulta, que usted jamás hojea­por falta de tiempo, y porque no es de las materias a que tiene predilección. Cada cual tiene sus gustos, y usted es de los hombres que se recrean poco con el pasado, y mucho con mirar hacia el mañana.

¡Ea! ¡Señor don Nicolás! Buen ánimo y que, decentemente empastados, vengan a la biblioteca esos 16 volúmenes italianos sobre Colón, volúmenes que tiene usted en su secretaría con peligro de que la polilla empiece a dañarlos. No olvide usted que exijo la dedicatoria autógrafa en la primera página, con tanta mayor razón cuanto que la obra la merece. Y como, Dios mediante, la biblioteca de Lima ha de vivir más que usted y más que este achacoso sopa­ntintas, los posteros no murmurarán de usted encontrando pobre el obsequio. Por lo poco que pude hojear de la obra hace un mes, la he hallado sabor a bocado, de cardenal para una biblioteca pública.

Y como el domingo, en la noche, me propongo visitar a usted queda usted notificado para contestarme sobre esta mi petición.

Quedo respetuosamente de usted afectísimo amigo y seguro servidor.

RICARDO PALMA


CARTA 33

Lima, julio 9 de 1896.

Excmo. señor don Nicolás de Piérola.

Mi respetado amigo: Es tan difícil ver a usted en palacio, que encuentro más sencillo escribirle.

Hoy paso al ministerio mi Memorial anual como bibliotecario. Es corta y no perderá usted mucho tiempo en hacérsela leer. De­seo que tome usted en consideración algunos parágrafos para que, si los estima fundados, proponga al congreso lo conveniente.

También pasaré hoy al ministerio de Fomento el presupuesto de Brugada para pintura del edificio, obra a la que ya es tiem­po de dar principio, pues ha cesado el inconveniente de la tierra que traería sobre las paredes la demolición de las torres de San Pedro. Ambas torres están ya en trabajo solo de maderamen.

Creo que estará usted convencido de que obra pública para la que se solicitan postores resulta siempre un mamarracho. Me ale­graría de que encomendara usted a Brugada la ejecución de su presupuesto, y al marmolista Roselló la de otro presupuesto por 318 soles que importa el pasaje central.

También pasaré al ministerio un presupuesto de Trefogli para alfombrar y poner muebles a la dirección. No quiero que esta sea tan lujosa como la de la Sociedad Geográfica.

En este último presupuesto he hecho considerar el aseo de mis habitaciones, cambio de papeles y del piso de hule que, en doce años, se han destruido. Siempre los departamentos del director de la casa de moneda, penitenciaría y biblioteca se han arreglado por cuenta de la nación. Es tan pequeño el gasto que ocasionará la lim­pieza de mi domicilio que no espero encontrar oposición que sería en un gobierno verdadera tacañería, amén de que yo no merezco se me trate con mezquindad.

Las sillas, por las que hizo usted ya abonar 100 soles, llega­rán por el primer vapor de agosto.

Los libros llegarán a fines de agosto o principios de setiembre. Hemos enviado por buena cuenta 130 libras esterlinas. A lo sumo creo que habrá que pagar, cuando lleguen, poco más de 100 libras.

Hasta ahora no se ha resuelto un oficio mío en que pedía al gobierno me autorizase para adquirir un manuscrito y varios libros entre los que está un ejemplar de las Memorias de García Calaba con anotaciones manuscritas del general Gascón. Pida usted mi nota y el catálogo impreso que la acompaña, y estoy seguro que, persua­dido usted de la conveniencia de adquirir esos manuscritos, por lo que al país interesan, decretará favorablemente.

Mil perdones, amigo mío, por esta larga y descosida charla.

Siempre suyo.

RICARDO PALMA


CARTA 34

Lima, octubre 5 de 1896.

Excmo. señor don Nicolás de Piérola.

Mi distinguido amigo:

Sabiendo que el martes debe usted venir a la Sociedad Geo­gráfica, le agradeceré muy mucho que antes de pasar a ella venga, por breves minutos, a la biblioteca. Deseo que vea usted la libre­ría Sanz y el busto de este caballero. Así como los libros reciente­mente llegados de Europa.

Le estimaré también que se digne leer, en El Comercio de hoy, la carta que dirijo al señor diputado Durand, a propósito de sus extravagancias sobre la biblioteca.

Esperando tener la satisfacción de verlo mañana en la biblio­teca, me repito de usted afectísimo amigo que su mano besa.

RICARDO PALMA


CARTA 30

Lima, diciembre 5 de 1895.

Excmo. señor don Nicolás de Piérola.

Mi respetado amigo:

Por las veredas de después, mañana, más tarde y veremos, solo e llega al pueblo de nunca.

Tratándose de la biblioteca (y no de mi persona) he sido y soy cochite hervite. Las cosas, en los pueblos de raza latina, o se hacen pronto o no se hacen.

Tanto he de majaderear ante usted con mis gestiones biblio­tecarias, que se va usted a ver en la disyuntiva de acceder u ordenar deje al gobernante supremo en paz sin fastidiarlo con pe­ticiones para el establecimiento.

En armonía con la promesa que tuvo usted la amabilidad de hacerme ha veinte días, he pasado al ministerio siete oficios, formu­lando en cada uno de ellos una pretensión. Ruego a usted que no los ordene a prolongado carpetazo, que se haga dar cuenta de ellos, y que los resuelva como estime justo o conveniente, ya que no siem­pre la justicia se hermana con la conveniencia o la posibilidad. En llanto a la última, desde el punto de vista de los recursos fisca­les, espero que me encontrará usted moderadísimo y conciliador. No habrá que hacer sacrificios para atender mis exigencias.

Soy, respetuosamente, de usted su viejo apreciador y amigo afectísimo.

RICARDO PALMA


CARTA 31

Lima, enero 21 de 1896.

Excmo. señor don Nicolás de Piérola.

Mi respetado amigo:

He tenido noticia de que el presupuesto de la biblioteca para el actual año será el mismo del año anterior.

Me permito recordar a usted que la noche en que hablamos so­bre este punto, me ofreció que tomaría en consideración un oficio mío en el que pido que las plazas de conservadores sean tres en vez de cuatro; pero que el sueldo de esos empleados sea de ochenta soles en lugar de sesenta. Usted me dispensó la honra de encon­trar fundadas las razones que le expuse. También le pedí que el amanuense que, por escasez de empleados, funciona como vigilante en salón de lectura, se le aumentasen diez soles sobre su actual haber de cincuenta.

Las alteraciones que solicito apenas representan un aumento de ciento veinte soles al año sobre el presupuesto vigente.

Ruego a usted que, para refrescar la memoria, se haga leer el oficio en que propongo estos aumentos; y así estimará las razones con que creo justificarlos.

Si se tratara de mis conveniencias personales no importuna­ría a usted, pero no debo sentar plaza de egoísta absteniéndome de gestionar en favor de mis subalternos, con tanta mayor razón cuan­to que me ofreció usted hacerles justicia remunerativa.

Me explico que en el maremagnum de asuntos que preocupa su espíritu, haya prestado poca atención a estas pequeñeces, y por eso tengo la llaneza de recordárselas al amigo y al jefe de la nación.

Soy siempre muy suyo viejo y respetuoso amigo que su mano besa.

RICARDO PALMA